El cerebro humano [1]

[Parte uno] Cuando el hombre y el animal se unen en un mismo cerebro, muchas veces lo hacen en armonía y muchas veces confrontan denodadamente



En principio se debe conocer, tal y como lo adelantamos en programas anteriores, en el cerebro del hombre “conviven” dos estructuras neurológicas superpuestas: El cerebro animal o Arquipalio, que es el encargado de regir el comportamiento general de todos los vertebrados y que se halla en la profundidad; Por encima de estas estructuras antiguas aparece el cerebro humano o Neopalio, conformado por la corteza cerebral.

El Arquipalio está representado fundamentalmente por el sistema límbico (el cerebro emocional) que es el hogar de los instintos, tanto de los instintos primarios (supervivencia, alimentación, abrigo, sexo) como de los instintos secundarios (gratificación, placer). El Neopalio (cerebro evolucionado) comanda la actividad conciente, voluntaria, personal y propiamente psíquica, siendo asiento de todas las expresiones superiores del alma tales como seguridad, afecto, posesión, estima o autorrealización. Tanto el Neopalio, como la corteza cerebral que es su estructura base, logran en el hombre su máxima expresión.

El Neopalio asegura frecuentemente el control “represivo” sobre el Arquipalio y hacia sus descargas de naturaleza imperfectamente definidas: los instintos. Cuando el Arquipalio supera los frenos conscientes del Neopalio suelen aflorar todas las manifestaciones y reacciones primarias del individuo, que son por naturaleza tempestuosas y hasta agresivas. Un ejemplo de estas reacciones se observa en el curso de la actividad sexual.

El control del Neopalio sobre el Arquipalio puede a veces ser insuficiente, como el perro que ante una distracción del amo tira violentamente de la correa; Si el amo rehace sus fuerzas, todo vuelve a estar bajo control; Si la fuerza de la correa no es suficiente el animal se dispara y puede aflorar el imperio de los instintos. Siguiendo lo claramente explicado Leonardo Castellani, el psicólogo y sacerdote jesuita, en su Manual de Psicología humana: “Los instintos son los servidores de la especie”.

En condiciones habituales los instintos actúan a través de las emociones; Cuando los instintos actúan en forma pura aparecen las perversiones, que son el estado de error o corrupción de las costumbres. Cuando los instintos son sublimados (trasladados a un fin superior más noble) pasan a convertirse en sentimientos, que es la respuesta humana por excelencia.

Ante situaciones de alto conflicto, lo ideal sería no responder con los instintos (actuaríamos perversamente); no responder con las emociones (actuaríamos neuróticamente), y sí responder con los sentimientos (actuaríamos coherentemente), por eso para no tener malos instintos, hay que tener buenos sentimientos.

Continuará…

Dr. Rubén Merciel



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